domingo, 9 de marzo de 2008

LA FRIQUICRACIA

Aún a riesgo de que algún "purista" en esto de los hablares modernos y esemeseros me espete que "friqui" se escribe con ca (la del kilo de toda la vida, aunque para nombrarse a sí misma recurra a la cé, ¡cosas de la lingüistica!), porque para eso deriva del "freak" anglosajón (y que mayormemente se traduce como raro), me voy a permitir la licencia de escribirla con cu (la del queso, ¡otra que tal!), más que nada porque me parece mucho más hispana.

Don Quijote la lleva en su nombre, también la lleva el querer, la tenemos hasta en el talón (de Aquiles) y hasta la incorpora el famoso "chiqui, chiqui", ¡para qué más!... Pero con la "k", ¿cuántos nombres se te ocurren? En cristiano me refiero, que Darek es polaco, Porky no deja de ser un famoso cerdo animando y a Karina habría que sacarla de su baúl de los recuerdos.

Volviendo a lo de la Friquicracia. ¿verdad que no suena mal en jornada electoral? Lo mismo acabo de acuñar un nuevo término yo solito como quien no quiere la cosa. Pero como es domingo tendré que aguantarme las ganas de pasarme por el registro de patentes, a ver si me retiro ya con los derechos. Aunque tampoco creo que me vayan a incluir en la lista de espera de la Academia Española de la lengua, para que me lo den cuando algún académico se levante de su sillón, porque reconozco que mucho mérito no es que tenga.

Basta con echarle un vistazo al panorama político-social y darse cuenta de la bipolaridad de nuestro estado de derecho, aunque ya empieza a sufrir de la espalda y, de seguir así, terminará con más chepa que una manada de dromedarios. España es bipolar hasta la médula... España, ¡bueno! lo que hoy por hoy se reconoce internacionalmente como España, porque así lo dicen los mapas y unos papelajos que damos en llamar Constitución y, sobre todo, porque aún no ha dicho lo contrario maese yanki (¿qué pasará si algún día acepta la "kosovorización" de determinados territorios que buscan desmarcarse tan desesperadamente como el extremo que recorre la banda futilmente aguardando que sus compañeros le pasen la bola?).

Al igual que los polos (por no decir lo de "casquetes" que suena a otra cosa), a veces me da la sensación de que esto empieza a derretirse. No sé si será por lo calentito que se está poniendo el mundo por el efecto invernadero, o porque tenemos las neuronas en hibernación, pero lo cierto es que somos como las pilas, y o somos de un extremo o del otro: ¿Madrid o Barsa? ¿creyentes o ateos? ¿moros o cristianos? ¿derecha o izquierda? ¿kas naranja o kas limón? ¿Raúl a la selección o no?... es decir, el blanco o negro de toda la vida (kukusklán mediante), ¿será por que los grises recuerdan los arrebatos y excesos de épocas pasadas que convendría no volver a repetir?

Si la democracia es el gobierno de la mayoría (sin que importe el grado de madurez, raciocinio o autonomía de la misma y el proceso de manipulaciones que hayan podido sufrir), ¡bienvenidos al bautizo de la friquicracia! ¡viva el reinado de lo excéntrico y lo raro!

No hace falta contar con un doctorado en ingenieria lingüistica o un master en ciencias ocultas de las letras para llegar a esta conclusión. Tampoco espero una llegada masiva de misivas (¡vaya dominio del lenguaje el mío, eh!) felicitándome por tan extravagante ocurrencia (¿no seré acaso yo también un friqui en ciernes?). Lo único que pretendo es que el mundo sea consciente del riesgo mortal en el que estamos, dejando nuestro futuro en manos de esas minorías atrevidas y pretendidamente revolucionarias. ¡No confundamos friqui con progre!: vestirse a lo Elvis con una guitarrilla de pega cosida a la camisa con chorreras, por mucho que la broma de un programa de la tele la vayamos a representar en Eurovisión, no deja de ser una monumental chorrada, así se nos parta la caja del descojone que van a tener por las Europas, pero si unos finlandeses vestidos de troll fueron la última sensación, ¿por qué no le vamos nosotros a poner un monumento al "sms"?


La vida es más seria que todo eso, aunque debamos tomárnosla con todo el humor que las balas de cobardes forajidos encapuchados nos permita. Dramatismos los justos y razonables, no los que se sacan de la manga los politicuatres en campaña. Polémicas las inevitables, dado nuestro caracter chimorrero (yo me atrevería a decir más bien "chumorrero"), como si Raúl debe ir o no a la selección, o si Paquirrín -el de la Pantoja- come hamburguesas para desayunar.

Cuidado con la friquicracia, que la tenemos ahí y pensamos que es coña. Y lo mismo terminamos en las próximas elecciones enviando SMS, en plan OT de la política y nos volvemos un poco más ecológicos ahorrando ese montón de papeletas plagadas de nombres de personajes que, en lugar de velar por las gentes y necesidades de sus paisanos, se sientan en sus escaños para respaldar a las políticas centralizadas de sus partidos, supuestamente en pro del bien general, que es una entelequia, casi como lo son el respeto al prójimo y el sentido común.

viernes, 29 de febrero de 2008

BISIESTO

Todo el mundo sabe que cuatro años (un cuatrienio, propiamente dicho) es un período de tiempo por el cual nos regimos para muchas cosas: hay elecciones cada cuatro años, hay mundial de fútbol cada cuatro años (en el que, por cierto, no pasamos de cuartos así nos maten, que también termina siendo cosa de cuatro), hay Olimpiadas cada cuatro años, y también cada cuatro años tenemos la costumbre de sumarle al mes de febrero, que es el más escuálido de los meses, un día extra a modo de dádiva estelar.


En realidad ese añadido es una especie de deuda cósmica que tenemos, por aquello de que cada vuelta que realiza nuestro planeta alrededor del Sol dura 365’25 días, cuando nosotros habitualmente sólo contamos 365. Es decir, que lo del redondeo no es algo que haya inventado el hombre del maletín desde que nos calzaron el euro para aprovecharse de las economías domésticas de todo pichichi, por muy maltrechas que se encuentren, sino que se remonta a tiempos del emperador Julio César. De hecho habemus hasta una bula papal de los tiempos de Gregorio XIII.

Por entonces no se sabía lo que era el IPC. Ellos –a los romanos me refiero-, con las carreras de cuádrigas (lo que vienen a ser los formula uno de hoy en día), las luchas de gladiadores (que es el equivalente a los partidos de fútbol, o las encarnizadas y vergonzosas luchas políticas de hoy) y andar de bacanal en bacanal con sus sandalias y sus coronas de laurel tenían bastante.

Como a mí, todo eso que estudié en su día, no me terminó de convencer -¿acaso hemos de creernos todo lo que viene en los libros sin cuestionarlo nunca?-, espoleado, ¡vete tú a saber si por la curiosidad o por el bicho que le picó al famoso Santo Bito (y que he leído que luego le creó tal inquietud que fue el origen del baile del sambito)!, ahora soy de los que piensa que esto del año bisiesto es un invento de la patronal, al igual que el día del padre todos sabemos que es un invento del Cortinglés y que el día de los Derechos Humanos es directamente una metida sin vaselina de la desconcertante Organización de Naciones Unidas que sólo vela a tiempo parcial por los derechos de las personas.

Con tal de hacernos trabajar y obtener más beneficios que llevarse a paraísos fiscales, a los titiriteros del poder económico no les tiembla el pulso ni la vergüenza para entrar a saco allá donde haya algo que esquilmar, lo mismo aquí que en cualquier otro recóndito paraje del lejano oriente, que es a donde han mudado su maquinaria de hacer dinero a espuertas, mayormente porque allí a los currantes les da lo mismo que febrero tengo un día más, que los sueldos suban por debajo del coste de la vida o que san José sea el patrón de los carpinteros. O sea, que no es para tanto lo de trabajar un día gratis si lo comparamos con el hecho de tener que trabajar de sol a sol (o en lúgubres agujeros sin verlo nunca).

Luego no podemos extrañarnos de que se nos llene nuestra florida Europa de inmigrantes. Y permitidme que no le añada lo de “ilegales”, porque me parece el más humillante y cruel de los adjetivos en este mundo pretendidamente tan globalizado. Seguro que si hubiéramos nacido negros, en un poblado en mitad de la nada, arrasado por un sol castigador y el empecinamiento aniquilador de algunos autoproclamados líderes tribales, nos jodería mucho tener que jugarnos la vida en una barquichuela patroneada por mafias de hijos de padre ignoto.


Esa pobre gente no ha leído “El Capital”, ese best-seller de la lucha de clases, auténtico manual que debería ocupar un lugar privilegiado en la cabecera de cualquier revolucionario anti-sistema, y que lo único que hace en las bibliotecas de occidente es coger polvo en las estanterías. Reconozco, eso sí, por las mismísimas barbas de Karl Marx que, a pesar de haberlo intentado, he tenido que desistir en un par de ocasiones, pues entenderlo es empresa harto complicada, casi lo mismo que la linea editorial del diario El Mundo, siempre enfrascado en sacar a la luz complots e historias varias para no dormir.

Tampoco quiero que os dé por pensar de mí que me alimento con bocadillos de utopía o que soy el nuevo enviado para salvar el mundo (esta vez me refiero al planeta, no al periódico). Para cuatro gatos (y un periquito) que me leen, no es cuestión de ponerse en plan mesiático.

Yo sólo es por darle un poco a la sin hueso y cagarme en los años bisiestos y en el síndrome de Estocolmo laboral, que es cuando nos da por decir aquello de que el trabajo ennoblece. Tonterías, las justas.

viernes, 15 de febrero de 2008

La pe con la a, pa.

Dos letras, una sílaba, pero no una sílaba cualquiera, no señor. Desde el mismo momento en que el ser humano, desposeído aún de habla y del más básico control de esfínteres, se lanza a la aventura del balbuceo, una de las primeras cosas que aprende es a decir “pa”, expresión resumida ésta que repetida en tandas de a dos por el infante o nenico en cuestión, es capaz de conseguir en el adulto varón metido a progenitor, casi el mismo efecto que consiguieron Paulov y su campana en aquel cánido que usara el buen hombre de cobaya para su afamada ley del reflejo condicionado: una extraordinaria segregación salivar, o lo que es lo mismo, baba a granel.

A la amamantadora procreadora le sucede lo mismo cuando en lugar de pa es ma la sílaba escogida. Pero esa ya es baba de otro costal.

Del “pa” descenderán luego palabras tan trascendentes para entender la historia como patria, parto, pared, patata, paga, pachuli, p’alante y p’atrás, y hasta pánfilo, patán, palurdo o paleto.

Pero si hay un término que sería especialmente injusto dejar abandonado a su suerte, por sus reconocidas capacidades adjetivas y sustantivas, pues lo mismo te hace reir que llorar, con sus colores vivos y saltones las más de las veces, ese es el payaso.

Payaso. Dícese del que hace payasadas. Los hay de circo, con sus caras pintadas, sus zapatones estrafalarios y sus flores de pega en la solapa, y los hay de parlamento, con sus corbatas, sus trajes de sastre, sus estudiadas arengas partidistas y su falta de respeto a la más mínima decencia y decoro, carencias éstas que se acentúan en época de elecciones, como si se tratara de una jauría de animales salvajes a la gresca en período de celo.

Por suerte aún hay diferencias. Más en la comparativa no es que salga nuestra especie demasiado bien parada. Al fin y al cabo se supone que deberíamos distinguirnos por nuestra inteligencia, pero lo cierto es que los animalicos no tienen culpa de dejarse guiar por los instintos más primitivos y básicos y, en cambio, nosotros nos empeñamos en hipotecar nuestro raciocinio acomodándonos en las butacas que nos han sido reservadas a cada cual para asistir al lamentable espectáculo de esa subasta en que, tanto unos como otros, han decidido convertir la campaña electoral: ¡el señor de la rosa en el puño ofrece cuatrocientos euros, el caballero de la gaviota asegura mano dura!, ¿quién da más?... ¿he oído dos semanas más por paternidad?...

No me extraña que San Jerónimo saliera a la carrera. Es como para echar a correr y no parar hasta dejar en mantillas los cuarenta y dos kilómetros que se marcó Filípedes antes de cascarla por el titánico esfuerzo. Corrían –nunca mejor dicho- otros tiempos. También entonces habían guerras y tropelías. Pero no faltaban el honor y la dignidad.

Por suerte, y aunque patético sea un adjetivo que tire de pa en su arranque, también la PAZ incorpora el mágico binomio, y me complace escribirla en mayúsculas, que es como gritar en alto un deseo. Pues eso: ¡paz y después gloria, paisanos!

jueves, 7 de febrero de 2008

La verdadera historia de mi gato Felipe


Continuando con la temática animal de mis entradas (ya he hablado de lo jodida que es la vida del oso polar y del conejo del minsitro -menos mal que no fue una ministra la que se prodigó en los consejos gastronómicos en la pasada navidad-), quiero hoy hablaros de un gato que tuve. Aunque parezca coña, o suene un nombre muy moñas para un mamífero con bigote, lo cierto y verdad es que, en tiempos, tuve uno al que dimos en llamar Felipe.

En realidad nunca lo tuve. El animal era muy suyo y se tenía a sí mismo y paseaba ufano sus andares felinos con esa libertad que ya quisieran los amariconados y castrados gatos de compañía de hoy en día.

En cuanto a lo del nombre... yo siempre que me cruzo por la calle con algún chucho de nombre descorazonador, fruto de alguna fiebre vespertina o de un espíritu cursi a más no poder, venido del más allá de los pijos, me pregunto por qué no pueden darse a un animal, de los denominados comúnmente "de compañía", cualquiera de los cientos de nombres olvidados de nuestro ancestral santoral, en lugar de recurrir a gilipolleces y diminutivos en plan pitiminí. Eso sí, que a nadie se le ocurra llamar a un bicho así Borja Mari porque me lo cargo.

Compartiendo la existencia casi como personas (algunos de ellos reciben muchos más cuidados y atenciones que millones de seres humanos), Felipe, merecía tener nombre de personaje ilustre, y aunque nunca supo de política, siempre contó con nombre de presidente.

Felipe, mi gato, fue siempre como de la familia, aunque nunca se sentó a la mesa con nosotros. Se alimentó de sobras y el postre hubo de buscárselo él solito, a base de roedores de diverso tamaño, otrora tan habituales en ese entorno tan poco urbano en el que nos criamos (tanto el gato como yo) y que hoy ha desaparecido bajo gruesas capas de asfalto y cemento a granel.

Felipe tenía su pelaje oscuro, zahíno, ¿sería políticamente correcto decir que era negro?... que yo sepa ninguno de los gatos que frecuentaban su compañía se lo tuvo jamás en cuenta, porque aquel día en que casi perdió un ojo en una refriega gatuna estoy seguro de que fue por esos asuntos que también a los seres supuestamente más desarrollados nos mantienen en celo.

Tampoco sufrió marginación por su idioma, pues no necesitó traductor para hacer entender sus maullidos al persa o al siamés. Porque Felipe era un gato castellano, como la sopa, y atrevido, y hasta aseguraría que galán, de esos que se deshacen en requiebros a su amada.

No sé si habrá un cielo para los michinos. Ni siquiera sé si Felipe consumió sus siete vidas reglamentarias o renunció voluntariamente a alguna de ellas al sentirse vilipendiado y menospreciado por los creadores de dibujos animados, que siempre han sido enormemente crueles caricaturizando a los simpáticos felinos como auténticos cafres o mequetrefes, hazmerreir de los malditos roedores, que diría el gato Jinks refiriéndose a los golfos Pixie y Dixie, o aquel Tom, eternamente ligado a Jerry. Más tarde vendría Isidoro, sinvergonzón y amarillo, y Don Gato, con su sombrero y su pandilla de inútiles amigos.

¡Menuda trupe, amigo Felipe!, casi lo mismito que el circo de la política que está ahora en lo suyo, calentando motores para las elecciones del próximo mes de marzo, con sus equilibristas, sus juegos malabares y sus payasos.

Felipe, si nos estás viendo, no te arañes con esas uñas afiladas con las que, a pesar de tu cariño, me advertiste más de una vez. Y no esperes nada de las futuras remesas de gatos que emigren al otro barrio porque los gatos se van envileciendo y aburguesando al ritmo que marca la sociedad y su indecoroso progreso. Ya no hay gateras.

miércoles, 23 de enero de 2008

EL SIETE QUITA A PERETE

Asesino, carioca, pocha, guiñote, tresillo, remigio, rabiñote, tomate y trinca. No, no te esfuerces, que no es la alineación de ningún equipo de fútbol. A ver si hay más suerte con esta otra retahíla: Escoba, chinchón, julepe, pumba, truque, cinquillo, póker, mus, bacarrá y bridge.

¿Ahora sí, verdad? Efectivamente, son juegos de cartas. Después de una entrada referida al vicio alcohólico, ¿qué mejor que dedicarle unas líneas a otro que tal? ¡El juego!

De toda la vida de dios que llevamos jugada, quien más, quien menos, seguro que alguna vez ha tenido en sus manos un mazo de cartas, también conocido como baraja, y se ha sentado ante un tapete, aunque serviría igualmente cualquier superficie más o menos lisa en donde poder dar garrote vil a ese retal de tiempo que, por las razones que fuese, hemos decidido suicidar sin hacer nada, sencillamente porque nos apetece o mayormente porque no nos apetece ninguna otra cosa. Si tuviésemos rabo, lo mismo podríamos entretener esos raticos matando moscas con él, como dicen que hace el diablo, pero en nuestra condición de mortales, lo máximo a lo que podemos aspirar sin baraja es a darnos cabezazos contra un muro o a hacer competición para ver quien escupe más lejos.

Volviendo a la juguesca, además de desconocer de quien fue la vil y en qué momento del discurrir de la historia de la humanidad fue parida, para gozo de don Heraclio Fournier (si alguien lo sabe que me lo diga), también me rondan otras preguntas que ni siete legiones de ceseises podrían resolver. Por ejemplo: ¿por qué no es el mus modalidad olímpica? ¿sabías que el conocido “joker” es descendiente de la popular “perejila” (sota de oros)? ¿cómo es posible que, en este país de eufemismos, se aceptara llamar “hijoputa” a un juego de cartas cuando mi abuela llamaba “capillos” a los capullos de los gusanos de seda por aquello del puritanismo lingüistico?

Ante el supino grado que alcanza mi ignorancia en determinados temas (en esto de la cartomancia estoy más pez que el jodido Nemo), me recreo removiendo el capazo de mis dudas, como si airearlas un poco me fuera a servir para conseguir un incremento de mi erudición (¿acualo?). Pero lo cierto es que no vale de nada o casi nada. A lo sumo para comprender un poco el pensamiento socrático (“sólo sé que no sé nada”) o la corriente racionalista que encumbró a Renato Descartes (el del “cojito”).

Y aunque no tenga nada que ver ni con unos ni con otros, la cosa es que, jugando a la brisca, se me ha venido a la mente, de forma accidental y espontánea, una de esas asociaciones de ideas absurdas, banales e intrascendentes con las que nos premia el intelecto cuando se pone rumbero: arrancando de la conocida expresión "el siete quita a Perete" -que viene a decir que con el siete de la muestra se puede retirar cualquier carta de valor superior que esté indicando en qué "pinta" la mano-, y complementándola con la de que "el dos quita al siete", ¿de verdad que no se te vienen a la mente las legiones de mangantes que salen de debajo de las piedras o que, sobre todo, amasan fortuna negociando con ellas?

Lo mismo no, pero a mi se me encienden lucecitas en el cerebro que sigue a salvo de las inundaciones etílicas -debe ser que estoy en la reserva mental- y tengo que largarlas para hacer hueco a ver si se me ocurre algo bueno de verdad y no toda esta palabrería que no os hartáis de leerme (¿o sí?).

Por si fuera poco, cada primero de enero se me remueven las tripas más que el bombo de la lotería del sorteo de Navidad viendo como sube todo. A Perete creo que le pasa lo mismo; ¿alguien tiene un almax para darle?

domingo, 13 de enero de 2008

El día que conocí a Safire

Cuando Safire, con su despampanante traje azul y su cuerpo de escándalo, se ha presentado, apenas ha tardado en convertirse en el único centro de atención. Aunque no tiene las curvas embriagadoras de otras, su tacto y su aroma son casi tan irresistibles como su misma presencia.

No ha venido sola. Se hace acompañar por su amigo, el de las eses. Pero él no está a la altura. Ella es única, exquisita, especial, extraordinaria... ¿ya he dicho que nos cautiva a todos con sus ojos del color del cristal azul, el mismo que cuentan las leyendas de tantos y tan inmesos oceános?

Apenas opone resistencia. Desde el mismo momento que se ha plantado encima de la mesa es consciente de que acabará dándonoslo todo, y de que seremos nosotros, los cinco magníficos que hemos cumplido fieles a nuestra cita, los que terminaremos despojándola de toda esencia hasta dejarla completamente desnuda. Nos va a hacer gozar como ninguna otra, con su baile de mano en mano, de regazo en regazo, pues ninguno de nosotros ha perdido en su turno la ocasión de manosearla. A ella no parece importarle. Conforme pasa la tarde ha ido perdiendo esa tibieza natural (aunque si se lo hubiera contado a mi abuela, la buena mujer la hubiera tildado más bien de fresca). Yo hasta creo haberla visto sonreir. Una media sonrisa áspera, como de limón.

Safire no es de aquí. Es una de esas tunantas llegadas de allende nuestras fronteras en busca de una mejor vida, o de bocas que complacer. Su sino es buscarle la ruina a más de uno, haciéndolos enloquecer. No hay color con las de aquí. Bueno si, uno, ¡el azul!

Cuentan que tiene una hermana de tez blanca. Pero no te hace despedir ese brillo cuando te arrimas a ella. La diosa entre las diosas viste de azul.

Cuando me la presentaron por primera vez su compañero era rubio, vikingo, de las tierras del norte. Mucho más refinado aunque no silbara para pronunciar su nombre... ¿una historia de amor apasionado?.... ¡no! sencillamente una sobremesa a base de gintonic de Bombay Saphire, el de la botella azul, con tónica Schweppes (en lugar de Nordic, que le pega más), y su rodajica de limón. ¿Quién se puede resistir?

Como decía en mi anterior entrada: ¡hay que ver cómo pasa el tiempo! Un 12 de enero, en plenas rebajas, y nosotros, los cinco magníficos (Stani, Garban, Paco, Juan y un servidor) tras la aplazada comida-merienda de Navidad, hidratándonos con una buena mano de gintonics. Ha sido casi un medio iron man -seis horas- en torno a la mesa, aguantando de forma estoica, como campeones, que es lo que somos todos, con independencia de las horas de entrenamiento. Una mano de donpedritos para nosotros es como un duatlón sprint. Que tiemble Zarautz, que van los chicos "Sapphire".

miércoles, 2 de enero de 2008

Otro año nuevo más o cómo pasa la vida

Con la triste excepción de aquellos seres que se han dejado llevar irremisiblemente por los demonios del abandono y la desesperanza, siempre confiamos en que la llegada del nuevo año nos traiga un halo de brisa fresca para orearnos a nosotros y a nuestras circunstancias, o que aparezca la dichosa estrella que, desde tiempos inmemoriales, utilizan como navegador doméstico ese venerado trío de majestades de oriente a lomos de sus jorobadas monturas, más que nada para ver si se reconduce el rumbo de esas vidas que llevamos, de por sí también, un poco jorobadas.

Pero hay cosas que no cambian de la noche a la mañana. A pesar del concierto de año nuevo con su marcha Radetzky (composición orquestal de Johann Strauss padre en honor del mariscal de campo austriaco Joseph Wenzel Radetzky, que salvó el poderío militar de Austria en el norte de Italia durante la revolución de mediados del xix, ¡una de culturilla general para empezar el año!), los tradicionales saltos de esquí desde la estación de Garmisch-Partenkirchen (localidad alemana donde se inicia el torneo de los cuatro trampolines), o las monumentales resacas que arrastramos a lo largo de este día en que se pone de tiros largos el calendario (para este último apunte no creo que haga falta ninguna aclaración cultural),–que son las tres cosas más típicas de esta jornada de estreno, si no contamos con las vomitonas-, lo cierto es que a nuestras vísceras no les da tiempo a adoptar ningún cambio significativo en tan poco tiempo. Nuestras cabezas no están para pensar en nuevas estrategias vitales, ni para concebir flamígeros gestos que vayan a invertir el secuestrado curso de nuestras vidas. Nuestros hígados, esponjados y rezumantes como bizcochos borrachos, son excepcionales termómetros. No hace falta que nos empeñemos en seguir buscando: no vamos a encontrar ningún zapato de cristal. Lo que hemos perdido son unas cuantas neuronas, ahogadas en el temporal etílico de la fiesta nocturna, algo de oído con tanto vatio desenfrenado, y una estupenda oportunidad de conquista amorosa, para los que no estéis feliz o infelizmente anillados. Todo eso, como las oscuras golondrinas del salón en el ángulo oscuro, no volverá.

Hay cosas que pasan porque tienen que pasar. El tiempo mismo pasa.Y hay cosas que no pasan ni pasarán hasta el fin de los días. Aunque nos hayamos levantado con los dulces acordes de un vals y las melodiosas notas de la polka y consigamos apagar, con la inestimable ayuda del ácido acetilsalicílico, la orquesta monocorde de grillos que no deja de castigarnos la gris sustancia, poco o nada ha cambiado. Si acaso los precios, continuando su impertinente escalada. Porque el odio, la envidia y la estulticia se han levantado con la Humanidad, el banco no se olvidará de pasarte la factura de los excesos económicos tirando de visa y la hipoteca, y además, tendrás que enfrentarte a la cuesta de enero, que ya está perfectamente asfaltada.

Lamento ser yo quien te lo diga pero es mejor que lo sepas cuanto antes. La vida pasa. Pero tenía razón Julio Iglesias cuando lo cantó a los cuatro vientos porque sigue igual. De todas formas feliz año nuevo.

http://www.culturageneral.net/musica/clasica/htm/marcha_radetzky.htm