domingo, 30 de marzo de 2008

VAYA PAR DE PELOTICAS QUE TENGO

Pues si, literalmente. Lejos de ser un comienzo obsceno, permítaseme la aclaración pertinente, pues las susodichas las conseguí anoche en el festejo conocido como Entierro de la Sardina, batiburrillo que se forma todos los años en todo el cogollo de la agonizante huerta murciana, como último coletazo de la semana de festejos que ha inundado nuestra urbe, desde que acabó la Semana Santa, del más variopinto colorido, de un apetitoso aroma a morcillas nº5 y de un denso e insorportable tráfico.

Es el Entierro de la Sardina una celebración sin igual. He oido que tiene su origen en el cachondeo de unos cuantos a las costumbres huertanas, extremo que no he podido corroborar, aunque lo cierto es que conviven huerta y desparpajo sardinero como hermanos desde hace una "parvá" de años. Si acaso le veo alguna similitud con las procesiones en que se reparten caramelos y alguna que otra vianda. ¡Que viva el espíritu generoso y espléndido del murciano, representado de forma sin igual por la imagen de la Matrona que figura en la puerta del Almudí!

Lo de traer brasileñas, con mejor delantera que siete selecciones "canarinhas" (con o sin Ronaldiño, que esa es ya haba de otra mata), bandas de música de tan lejos como sea posible (este año han sido japos, pero otros años han sido mejicanos, lituanos, mayoretes canadienses de piernas tan largas como la relación de políticos corruptos en Marbella y alrededores) o atracciones ora visuales, ora de grandiosa acústica, es un complemento perfecto para abrir boca a lo que de verdad interesa de este popular desfile: el lanzamiento de artículos del todo a cero-sesenta-meidinchaina y, como no podía ser de otra forma, dado el apego a las cosas balompédicas que profesamos por aquí, el reparto de peloticas. Porque otra cosa no, pero pelotas, que no se diga que no tenemos.

Con esto de tener peloticas se me vienen a la mente las cantidades ingentes de testosterona que se gasta a espuertas el personal para cosas tan sin substancia como, por ejemplo, es el asunto circulatorio, cuando vamos a lomos de nuestras burras mecánicas, recubiertas de chapa, creyéndonos los reyes del asfalto o con una pila de vatios palpitando, quedando meridianamente clara la razón del desmoronamiento neuronal que sufre todo aquel que se expone a ruidos con un nivel de decibelios excesivo. También se tira de huevos en las decisiones basadas en razones de peso testicular que se toman porque sí, sin que tenga que mediar necesariamente una decisión meditada y sopesada.

A ver si, una vez acabadas las fiestas, con el orgullo del balón conquistado (¡hay que ver lo simple que llega a ser el espíritu humano y con lo poco que se conforma a veces, volviéndose tan exigente para otras cosas!), se nos pasan un poco las ganas de tocarle los cataplines a todo el mundo que nos rodea. Ya nos hemos desfogado dándonos de hostias con los "compañeros" de asalto a las carrozas sardineras, y esto ha de notarse el lunes, en que iremos cual borreguicos al trabajo, dispuestos a dejarnos poner otra vez el yugo, porque hay que seguir arando...

Hay que seguir arando, si. Y si se me permite la metáfora (políticamente incorrecta para completar la perfecta cuadratura del círculo crítico que había iniciado tan sutilmente), hay que arar para que el próximo año no le falte barriga que sacar a ninguno de los repartidores de parabienes que, en plan mecenas, lustran su ego lanzando jugueticos y otras mierdecillas de plástico del malo, ¿o es que alguien piensa que nos lo regalan?...

Si todavía queda algún soñador, ¡que lo disfrute! Y que no se olvide de ir botando la pelotica mientras tanto.

domingo, 23 de marzo de 2008

El tamaño de moda

Suele decirse que el tamaño no es lo que importa, pero no deja de ser una falacia más. Si la sabiduría popular, curtida en múltiples justas y lides asegura lo de la “burra grande”, será por algo. ¿O vamos a saber nosotros más que centurias y centurias de disloque cultural?.

Aplicando lo del tamaño a las modas, y si no quieres que el juez de línea del estilismo levante su banderín, dejándote en un flagrante fuera de juego de la muerte (outside que te cagas o penalti y expulsión, Rafa, por tu madre, no me jodas – que viene a ser todo del mismo frasco Carrasco-), digno del más estrepitoso de los ridículos sociales, harás bien en seguir a pies juntillas las ocurrencias que hayan tenido los Guchis, Cardines, Laurenes y demás visionarios de la cosa del raso y el blanco satén (otros los llaman gurús de la moda, que debe ser la evolución del ancestral oficio de brujo de tribu, cuya santa palabra termina siempre en la misa de las pasarelas).

No te molestes en buscarle más patas al gato, ni las cosquillas al burro; la cosa puede que no tenga ni pies ni cabeza, lo mismo hasta vas hecho un perfecto adefesio –demostrable empírica, objetiva y cabalmente-, arrastrando pantalones, rebosando mollas por doquier, como si tu cintura fuese un neumático desgastado, pero el momento de gloria integradora, de lo más “in”, no te lo quita a ti ni tu santa madre ni siete docenas de don limpios.

Con las gafas de sol viene a pasar por el estilo. Y es que, hablando de estilos, cuando por fin había empezado a dejar de tener aquellas horribles pesadillas en las que me perseguía la más famosa de las tonadilleras -conocida casi tanto por su desagradable y falsa sonrisa profidén al cubo, como por sus desventurados romances, ora con un bravo torero que muere empitonado, ora con un alcalde amarbellado, de presunción corrupto y al que la justicia le ha clavado sus estoques, manteniéndolo enchironado en Alhaurín-, ahora resulta que me encuentro esa mirada de mosca por todos los rincones. Al grito de “todas a una”, como en Fuenteovejuna, nos han sumergido en el más cruel y ascético de los inviernos de la belleza.

Ya no se puede contemplar el sol reflejado en los bonitos ojos de ninguna buena moza o fémina de sin par desenvoltura, ya no se distinguen ni el mar ni el cielo en el azul de ningún iris angelical, o el color del trigo verde, o la gris ceniza de un incendio boreal. A todas les dio por esconderse tras inmensos anteojos tintados, para desespero del más enamoradizo de los Garcilasos.

Haciendo honor a la verdad, también reconozco que hay casos en los que se ahorraría uno desagradables experiencias visuales. Esto de llevar grandes gafas oscuras, a modo de antifaces faciales o burkas oculares, debería ser obligatorio en caso de fealdad acérrima o de tener una mala leche de gremlin mojado a medianoche -¡que yo no sé lo que será peor!-, pues hay veces que te topas con unos mirares, de ojeriza tal, que te entran ganas de maldecir al fabricante, por muy espectaculares que sean las curvas, por muy escueta que sea la falda o por muy platinado y ondulante que luzca el rizo la morena. ¡Menuda millonada de congéneres nos levantamos a ver si el asturiano le moja la oreja al británico de tez oscura, porque nos entusiasma el rugir y la fiereza de los monoplazas! ¡y luego nos compramos un monovolumen! ¡a lo sumo un descapotable!

Que cada cual escoja a su antojo. Puestos a preferir, yo me quedo con el asalto a cara descubierta, sin tapujos, con la verdad por delante y el corazón a flor de piel:

- ¡mire señorita! ... ¡y no mire sólo lo que ve sino lo que está detrás! ¡esto es un atraco! ¡vengo a robarle el corazón! .... ¡si usted tuviera a bien…!

¡Ay, como son las cosas del querer! Empecé hablando de la moda y hablando del amor terminé... ¿Será acaso otra moda? Si así fuera, permítaseme rectificar y afirmar decididamente que SÍ importa el tamaño. Procurad un buen substrato a vuestros amoríos, que nunca le falte alimento para que no deje de crecer. ¡Acabemos con esos estúpidos obstáculos que impiden la visión nítida de lo más hondo del espíritu!. ¡Así nuestra vista no se perderá ni un rayo de sol por más que si nos quedamos embelesados mirándolo corremos serio riesgo de deslumbramiento o ceguera!

domingo, 16 de marzo de 2008

LA VENTANA INDISCRETA




Las referencias cinematográficas, justo es reconocerlo, son un filón inagotable para darle molla a cualquier discurso preciosista o, lo que viene a ser lo mismo, para rellenarlo de esa especie de borra con la que tienden a inflar pretenciosamente sus peroratas los mercachifles, politiquillos pachangueros y oradores de palabra fácil y vacía.


He de reconocer asimismo, entonando melódicamente con mi voz de pollo gregoriano el mea culpa, que también yo me sirvo de todo un arsenal de rimbombancias lingüisticas y escorados giros semánticos, con el único afán de dar empaque y solera a mis pretendidos esbozos literarios, los cuales seguramente no pasen nunca de esa insolente pretensión, dado mi escaso poder de convocatoria.

Más volviendo al tema que hoy he tomado por excusa, decía aquello de las referencias al cine, pues ya quedaba claro en el título escogido: la ventana indiscreta. Seguro que a cualquier profano le suena la película. Y el más erudito reconocería de inmediato que fue una de tantas obras maestras de Alfred Hitchcock, el mago del suspense cuando aún el cine desconocía el tecnicolor y el cromatismo. Un inconfundible James Steward y una escultural Grace Kelly, futuro "cisne de Mónaco" y princesa en ciernes por aquellos entonces, protagonizaron una historia, basada en la historia real de un tal William Irish -¡gallifante y medio de premio para el que supiera de este escritor yanqui sin recurrir a la wikipedia que todo lo sabe!-, que se recluyó en una habitación de hotel durante once años con la única compañía de la botella, y que, además de alcohólico -como resultaba previsible- terminó tullido, en una silla de ruedas, al amputársele una pierna gangrenada.

Pasa como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia: cambian los tiempos, y aún las formas, pero no el fondo, porque seguimos anclados a creencias y actitudes tan ancestrales que no se nos despegan ni con agua hirviendo. La ventaja del hoy en día cibernético es que podemos saber de todo sin salir de casa. Y aún hasta sin saber de nada y, si me apuras, sin tan siquiera abrir uno de esos libros, donde siempre se ha dicho que estaba recluída la sabiduría. Mucha gente prefiere esperar que de una novela hagan la correspondiente secuela cinematográfica, y así evitarse la lectura del tórrido tostón de miles de letras que emborronan cientos de páginas. Por eso agradezco infinitamente el esfuerzo que cualquiera de vosotros hace por leerme (y aún por entender lo que digo).


Y lo mismo que siento una inmensa alegría al ver a ese niño, que acaba de aprender a leer, esforzándose por descrifrar lo que pone en una reivindicativa pintada callejera, en un panfleto publicitario o hasta en la portada de cualquier publicación rosa, paralelamente me da mucha pena ver como ese potencial de la mayor parte de las virginales criaturas, amarillea y se va diluyendo, al calor de una sociedad que no parece preocupada por vivir en un mundo feliz, al más puro estilo Huxley, aunque comprendo que bastante suele tener cada historia personal para subsistir más que para vivir.


¿Por qué se esfuerzan en enseñarnos a leer si después son denodados los esfuerzos para confundirnos con la globalidad e inducirnos al sueño de la razón? ¿tal vez para que firmemos el contrato y no podamos alegar desconocimiento aunque la vista no nos dé para la letra pequeña?
No es nuevo. Se ha hecho desde siempre. El pensamiento dirigido es el primer dogma del sectarismo, ya sea político, social o religioso: enseñarte a pensar como tienes que pensar. Te enseñan a leer para que puedas leer sus manifiestos. Así te sientes agradecido por haber aprendido, cuando en realidad lo único cierto es que estás siendo exprimido.


¿A alguien le suena la foto? ¿y quien encuentra relación con la primera? Es un ejemplo extraído de esa ventana indiscreta del título. Yo que siempre había pensado que los diseñadores modernos eran puramente una fábrica de hacer dinero, y me he topado de bruces con alguien que en el diseño de un objeto de lo más cotidiano ha volcado una feroz crítica. Es sólo un botón de muestra. Sin duda un buen botón, porque abrocha un corsé de los tantos que existen y que ahogan, de puro apretados. Si eres de los que usa licuadora tal vez no entiendas el dilema.


¿Ves? Otro potencial riesgo deshumanizador del progreso tecnológico: permitir que el limón o la naranja nos lo exprima una máquina de forma automática en lugar de ser nosotros quien le demos a la muñequilla. Que no se trata de afirmar, casi cual talibán, aquello de que el trabajo físico ennoblece (que más parece un vulgar síndrome de Estocolmo del Capital), pero si perdemos esa capacidad, lo mismo acabamos como Mr. Irish, el escribidor de cuentos, tullidos físicamente. Porque intelectualmente estoy convencido de que las neuronas se nos van suicidando sin que nos demos cuenta de tanto mirar por la ventana sin ver nada.

domingo, 9 de marzo de 2008

LA FRIQUICRACIA

Aún a riesgo de que algún "purista" en esto de los hablares modernos y esemeseros me espete que "friqui" se escribe con ca (la del kilo de toda la vida, aunque para nombrarse a sí misma recurra a la cé, ¡cosas de la lingüistica!), porque para eso deriva del "freak" anglosajón (y que mayormemente se traduce como raro), me voy a permitir la licencia de escribirla con cu (la del queso, ¡otra que tal!), más que nada porque me parece mucho más hispana.

Don Quijote la lleva en su nombre, también la lleva el querer, la tenemos hasta en el talón (de Aquiles) y hasta la incorpora el famoso "chiqui, chiqui", ¡para qué más!... Pero con la "k", ¿cuántos nombres se te ocurren? En cristiano me refiero, que Darek es polaco, Porky no deja de ser un famoso cerdo animando y a Karina habría que sacarla de su baúl de los recuerdos.

Volviendo a lo de la Friquicracia. ¿verdad que no suena mal en jornada electoral? Lo mismo acabo de acuñar un nuevo término yo solito como quien no quiere la cosa. Pero como es domingo tendré que aguantarme las ganas de pasarme por el registro de patentes, a ver si me retiro ya con los derechos. Aunque tampoco creo que me vayan a incluir en la lista de espera de la Academia Española de la lengua, para que me lo den cuando algún académico se levante de su sillón, porque reconozco que mucho mérito no es que tenga.

Basta con echarle un vistazo al panorama político-social y darse cuenta de la bipolaridad de nuestro estado de derecho, aunque ya empieza a sufrir de la espalda y, de seguir así, terminará con más chepa que una manada de dromedarios. España es bipolar hasta la médula... España, ¡bueno! lo que hoy por hoy se reconoce internacionalmente como España, porque así lo dicen los mapas y unos papelajos que damos en llamar Constitución y, sobre todo, porque aún no ha dicho lo contrario maese yanki (¿qué pasará si algún día acepta la "kosovorización" de determinados territorios que buscan desmarcarse tan desesperadamente como el extremo que recorre la banda futilmente aguardando que sus compañeros le pasen la bola?).

Al igual que los polos (por no decir lo de "casquetes" que suena a otra cosa), a veces me da la sensación de que esto empieza a derretirse. No sé si será por lo calentito que se está poniendo el mundo por el efecto invernadero, o porque tenemos las neuronas en hibernación, pero lo cierto es que somos como las pilas, y o somos de un extremo o del otro: ¿Madrid o Barsa? ¿creyentes o ateos? ¿moros o cristianos? ¿derecha o izquierda? ¿kas naranja o kas limón? ¿Raúl a la selección o no?... es decir, el blanco o negro de toda la vida (kukusklán mediante), ¿será por que los grises recuerdan los arrebatos y excesos de épocas pasadas que convendría no volver a repetir?

Si la democracia es el gobierno de la mayoría (sin que importe el grado de madurez, raciocinio o autonomía de la misma y el proceso de manipulaciones que hayan podido sufrir), ¡bienvenidos al bautizo de la friquicracia! ¡viva el reinado de lo excéntrico y lo raro!

No hace falta contar con un doctorado en ingenieria lingüistica o un master en ciencias ocultas de las letras para llegar a esta conclusión. Tampoco espero una llegada masiva de misivas (¡vaya dominio del lenguaje el mío, eh!) felicitándome por tan extravagante ocurrencia (¿no seré acaso yo también un friqui en ciernes?). Lo único que pretendo es que el mundo sea consciente del riesgo mortal en el que estamos, dejando nuestro futuro en manos de esas minorías atrevidas y pretendidamente revolucionarias. ¡No confundamos friqui con progre!: vestirse a lo Elvis con una guitarrilla de pega cosida a la camisa con chorreras, por mucho que la broma de un programa de la tele la vayamos a representar en Eurovisión, no deja de ser una monumental chorrada, así se nos parta la caja del descojone que van a tener por las Europas, pero si unos finlandeses vestidos de troll fueron la última sensación, ¿por qué no le vamos nosotros a poner un monumento al "sms"?


La vida es más seria que todo eso, aunque debamos tomárnosla con todo el humor que las balas de cobardes forajidos encapuchados nos permita. Dramatismos los justos y razonables, no los que se sacan de la manga los politicuatres en campaña. Polémicas las inevitables, dado nuestro caracter chimorrero (yo me atrevería a decir más bien "chumorrero"), como si Raúl debe ir o no a la selección, o si Paquirrín -el de la Pantoja- come hamburguesas para desayunar.

Cuidado con la friquicracia, que la tenemos ahí y pensamos que es coña. Y lo mismo terminamos en las próximas elecciones enviando SMS, en plan OT de la política y nos volvemos un poco más ecológicos ahorrando ese montón de papeletas plagadas de nombres de personajes que, en lugar de velar por las gentes y necesidades de sus paisanos, se sientan en sus escaños para respaldar a las políticas centralizadas de sus partidos, supuestamente en pro del bien general, que es una entelequia, casi como lo son el respeto al prójimo y el sentido común.

viernes, 29 de febrero de 2008

BISIESTO

Todo el mundo sabe que cuatro años (un cuatrienio, propiamente dicho) es un período de tiempo por el cual nos regimos para muchas cosas: hay elecciones cada cuatro años, hay mundial de fútbol cada cuatro años (en el que, por cierto, no pasamos de cuartos así nos maten, que también termina siendo cosa de cuatro), hay Olimpiadas cada cuatro años, y también cada cuatro años tenemos la costumbre de sumarle al mes de febrero, que es el más escuálido de los meses, un día extra a modo de dádiva estelar.


En realidad ese añadido es una especie de deuda cósmica que tenemos, por aquello de que cada vuelta que realiza nuestro planeta alrededor del Sol dura 365’25 días, cuando nosotros habitualmente sólo contamos 365. Es decir, que lo del redondeo no es algo que haya inventado el hombre del maletín desde que nos calzaron el euro para aprovecharse de las economías domésticas de todo pichichi, por muy maltrechas que se encuentren, sino que se remonta a tiempos del emperador Julio César. De hecho habemus hasta una bula papal de los tiempos de Gregorio XIII.

Por entonces no se sabía lo que era el IPC. Ellos –a los romanos me refiero-, con las carreras de cuádrigas (lo que vienen a ser los formula uno de hoy en día), las luchas de gladiadores (que es el equivalente a los partidos de fútbol, o las encarnizadas y vergonzosas luchas políticas de hoy) y andar de bacanal en bacanal con sus sandalias y sus coronas de laurel tenían bastante.

Como a mí, todo eso que estudié en su día, no me terminó de convencer -¿acaso hemos de creernos todo lo que viene en los libros sin cuestionarlo nunca?-, espoleado, ¡vete tú a saber si por la curiosidad o por el bicho que le picó al famoso Santo Bito (y que he leído que luego le creó tal inquietud que fue el origen del baile del sambito)!, ahora soy de los que piensa que esto del año bisiesto es un invento de la patronal, al igual que el día del padre todos sabemos que es un invento del Cortinglés y que el día de los Derechos Humanos es directamente una metida sin vaselina de la desconcertante Organización de Naciones Unidas que sólo vela a tiempo parcial por los derechos de las personas.

Con tal de hacernos trabajar y obtener más beneficios que llevarse a paraísos fiscales, a los titiriteros del poder económico no les tiembla el pulso ni la vergüenza para entrar a saco allá donde haya algo que esquilmar, lo mismo aquí que en cualquier otro recóndito paraje del lejano oriente, que es a donde han mudado su maquinaria de hacer dinero a espuertas, mayormente porque allí a los currantes les da lo mismo que febrero tengo un día más, que los sueldos suban por debajo del coste de la vida o que san José sea el patrón de los carpinteros. O sea, que no es para tanto lo de trabajar un día gratis si lo comparamos con el hecho de tener que trabajar de sol a sol (o en lúgubres agujeros sin verlo nunca).

Luego no podemos extrañarnos de que se nos llene nuestra florida Europa de inmigrantes. Y permitidme que no le añada lo de “ilegales”, porque me parece el más humillante y cruel de los adjetivos en este mundo pretendidamente tan globalizado. Seguro que si hubiéramos nacido negros, en un poblado en mitad de la nada, arrasado por un sol castigador y el empecinamiento aniquilador de algunos autoproclamados líderes tribales, nos jodería mucho tener que jugarnos la vida en una barquichuela patroneada por mafias de hijos de padre ignoto.


Esa pobre gente no ha leído “El Capital”, ese best-seller de la lucha de clases, auténtico manual que debería ocupar un lugar privilegiado en la cabecera de cualquier revolucionario anti-sistema, y que lo único que hace en las bibliotecas de occidente es coger polvo en las estanterías. Reconozco, eso sí, por las mismísimas barbas de Karl Marx que, a pesar de haberlo intentado, he tenido que desistir en un par de ocasiones, pues entenderlo es empresa harto complicada, casi lo mismo que la linea editorial del diario El Mundo, siempre enfrascado en sacar a la luz complots e historias varias para no dormir.

Tampoco quiero que os dé por pensar de mí que me alimento con bocadillos de utopía o que soy el nuevo enviado para salvar el mundo (esta vez me refiero al planeta, no al periódico). Para cuatro gatos (y un periquito) que me leen, no es cuestión de ponerse en plan mesiático.

Yo sólo es por darle un poco a la sin hueso y cagarme en los años bisiestos y en el síndrome de Estocolmo laboral, que es cuando nos da por decir aquello de que el trabajo ennoblece. Tonterías, las justas.

viernes, 15 de febrero de 2008

La pe con la a, pa.

Dos letras, una sílaba, pero no una sílaba cualquiera, no señor. Desde el mismo momento en que el ser humano, desposeído aún de habla y del más básico control de esfínteres, se lanza a la aventura del balbuceo, una de las primeras cosas que aprende es a decir “pa”, expresión resumida ésta que repetida en tandas de a dos por el infante o nenico en cuestión, es capaz de conseguir en el adulto varón metido a progenitor, casi el mismo efecto que consiguieron Paulov y su campana en aquel cánido que usara el buen hombre de cobaya para su afamada ley del reflejo condicionado: una extraordinaria segregación salivar, o lo que es lo mismo, baba a granel.

A la amamantadora procreadora le sucede lo mismo cuando en lugar de pa es ma la sílaba escogida. Pero esa ya es baba de otro costal.

Del “pa” descenderán luego palabras tan trascendentes para entender la historia como patria, parto, pared, patata, paga, pachuli, p’alante y p’atrás, y hasta pánfilo, patán, palurdo o paleto.

Pero si hay un término que sería especialmente injusto dejar abandonado a su suerte, por sus reconocidas capacidades adjetivas y sustantivas, pues lo mismo te hace reir que llorar, con sus colores vivos y saltones las más de las veces, ese es el payaso.

Payaso. Dícese del que hace payasadas. Los hay de circo, con sus caras pintadas, sus zapatones estrafalarios y sus flores de pega en la solapa, y los hay de parlamento, con sus corbatas, sus trajes de sastre, sus estudiadas arengas partidistas y su falta de respeto a la más mínima decencia y decoro, carencias éstas que se acentúan en época de elecciones, como si se tratara de una jauría de animales salvajes a la gresca en período de celo.

Por suerte aún hay diferencias. Más en la comparativa no es que salga nuestra especie demasiado bien parada. Al fin y al cabo se supone que deberíamos distinguirnos por nuestra inteligencia, pero lo cierto es que los animalicos no tienen culpa de dejarse guiar por los instintos más primitivos y básicos y, en cambio, nosotros nos empeñamos en hipotecar nuestro raciocinio acomodándonos en las butacas que nos han sido reservadas a cada cual para asistir al lamentable espectáculo de esa subasta en que, tanto unos como otros, han decidido convertir la campaña electoral: ¡el señor de la rosa en el puño ofrece cuatrocientos euros, el caballero de la gaviota asegura mano dura!, ¿quién da más?... ¿he oído dos semanas más por paternidad?...

No me extraña que San Jerónimo saliera a la carrera. Es como para echar a correr y no parar hasta dejar en mantillas los cuarenta y dos kilómetros que se marcó Filípedes antes de cascarla por el titánico esfuerzo. Corrían –nunca mejor dicho- otros tiempos. También entonces habían guerras y tropelías. Pero no faltaban el honor y la dignidad.

Por suerte, y aunque patético sea un adjetivo que tire de pa en su arranque, también la PAZ incorpora el mágico binomio, y me complace escribirla en mayúsculas, que es como gritar en alto un deseo. Pues eso: ¡paz y después gloria, paisanos!

jueves, 7 de febrero de 2008

La verdadera historia de mi gato Felipe


Continuando con la temática animal de mis entradas (ya he hablado de lo jodida que es la vida del oso polar y del conejo del minsitro -menos mal que no fue una ministra la que se prodigó en los consejos gastronómicos en la pasada navidad-), quiero hoy hablaros de un gato que tuve. Aunque parezca coña, o suene un nombre muy moñas para un mamífero con bigote, lo cierto y verdad es que, en tiempos, tuve uno al que dimos en llamar Felipe.

En realidad nunca lo tuve. El animal era muy suyo y se tenía a sí mismo y paseaba ufano sus andares felinos con esa libertad que ya quisieran los amariconados y castrados gatos de compañía de hoy en día.

En cuanto a lo del nombre... yo siempre que me cruzo por la calle con algún chucho de nombre descorazonador, fruto de alguna fiebre vespertina o de un espíritu cursi a más no poder, venido del más allá de los pijos, me pregunto por qué no pueden darse a un animal, de los denominados comúnmente "de compañía", cualquiera de los cientos de nombres olvidados de nuestro ancestral santoral, en lugar de recurrir a gilipolleces y diminutivos en plan pitiminí. Eso sí, que a nadie se le ocurra llamar a un bicho así Borja Mari porque me lo cargo.

Compartiendo la existencia casi como personas (algunos de ellos reciben muchos más cuidados y atenciones que millones de seres humanos), Felipe, merecía tener nombre de personaje ilustre, y aunque nunca supo de política, siempre contó con nombre de presidente.

Felipe, mi gato, fue siempre como de la familia, aunque nunca se sentó a la mesa con nosotros. Se alimentó de sobras y el postre hubo de buscárselo él solito, a base de roedores de diverso tamaño, otrora tan habituales en ese entorno tan poco urbano en el que nos criamos (tanto el gato como yo) y que hoy ha desaparecido bajo gruesas capas de asfalto y cemento a granel.

Felipe tenía su pelaje oscuro, zahíno, ¿sería políticamente correcto decir que era negro?... que yo sepa ninguno de los gatos que frecuentaban su compañía se lo tuvo jamás en cuenta, porque aquel día en que casi perdió un ojo en una refriega gatuna estoy seguro de que fue por esos asuntos que también a los seres supuestamente más desarrollados nos mantienen en celo.

Tampoco sufrió marginación por su idioma, pues no necesitó traductor para hacer entender sus maullidos al persa o al siamés. Porque Felipe era un gato castellano, como la sopa, y atrevido, y hasta aseguraría que galán, de esos que se deshacen en requiebros a su amada.

No sé si habrá un cielo para los michinos. Ni siquiera sé si Felipe consumió sus siete vidas reglamentarias o renunció voluntariamente a alguna de ellas al sentirse vilipendiado y menospreciado por los creadores de dibujos animados, que siempre han sido enormemente crueles caricaturizando a los simpáticos felinos como auténticos cafres o mequetrefes, hazmerreir de los malditos roedores, que diría el gato Jinks refiriéndose a los golfos Pixie y Dixie, o aquel Tom, eternamente ligado a Jerry. Más tarde vendría Isidoro, sinvergonzón y amarillo, y Don Gato, con su sombrero y su pandilla de inútiles amigos.

¡Menuda trupe, amigo Felipe!, casi lo mismito que el circo de la política que está ahora en lo suyo, calentando motores para las elecciones del próximo mes de marzo, con sus equilibristas, sus juegos malabares y sus payasos.

Felipe, si nos estás viendo, no te arañes con esas uñas afiladas con las que, a pesar de tu cariño, me advertiste más de una vez. Y no esperes nada de las futuras remesas de gatos que emigren al otro barrio porque los gatos se van envileciendo y aburguesando al ritmo que marca la sociedad y su indecoroso progreso. Ya no hay gateras.