viernes, 28 de septiembre de 2007

RECUERDOS EN SEPIA DE LA MURCIA EN LA QUE NACI

La Murcia en la que me soltaron a este mundo un mes de septiembre a principios de los setenta, poco tiene que ver con esta Murcia de ahora, europeizada, que ha dado un estirón inmobiliario, alimentada como esas nuevas generaciones de zagales y zagalas del petisuis, maquillada por esa especie de autoproclamada Academia de las Artes Murcianas en que se han convertido las sucesivas corporaciones locales acampadas en la Glorieta, intentando limpiar, fijar y dar esplendor con ridículas "Moneadas", eliminando antiguos y gloriosos vestigios por un mal entendido progreso o diseñando tendidos de tranvía que no van a ninguna parte (léase mi primera entrada, la de "higuerico", que así bautizó un servidor a ese amago de transporte público).

Menos mal que aún nos queda la catedral, con sus tesoros, su altiva y enhiesta torre, y ese pedazo de altar barroco de la reina de nuestra güerta, en su fachada Belluguina. Porque el Segura, otrora importante río , no tendría hoy cabida en la liga de las estrellas de los ríos hispanos. Igual que a Plutón le han arrancado los galones de planeta, desecado y tieso, cual rio amojamado, nuestro querido Segura, del que apenas quedan unas vergüenzas, se ha convertido en una especie de charca capitalina, ¡él, que tantas historias conoce de nuestra Murcia y su huerta!
Al pan, pan y al vino, vino. Que no quiere un padre menos a su hijo porque sea más feo que quitarle el bastón a un viejo. Es lo que tiene haber adquirido y puesto en uso la razón y el sentido común, en ocasiones tan inútiles como un paraguas en el desierto. Además, imagino que siempre se habrán cocido habas en la gestión municipal, pero es que los "michirones" de ahora se me indigestan, porque me toca comérmelos y como los hacía mi abuela, la probetica, y ahora mi madre, no los hace nadie.

He querido decir, por si no se me ha entendido con tanta alegoría y tanto barroquismo, que a pesar de todos los pesares, me gusta vivir donde vivo, sin aspavientos pueblerinos de que esto es jauja y que como aquí en ninguna parte. Y es que a la costumbre no hay quien le gane. ¿Comprendes ahora, Estanis, por qué soy tan barroco?... soy como la Murcia de mis amores, con sus iglesias y sus altares salzillescos, todos bruñidos de oro y en continua y ascética torsión hacia lo más alto de la celeste bóveda.

Pero no penséis que todos mis recuerdos son tan místicos. El día a día de toda mi vida se ha desarrollado en la frontera entre la huerta y la ciudad, desde la Arrixaca Vieja (ahora Hospital Morales Meseguer) donde nací, hasta el carril de la Parpallota, frente al bar de "el mariscal", hoy convertido en Patrimonio Mundial del ladrillo, que fue lo más lejos que viví en el Zaraiche más profundo. Creo que soy un poco de todo, y mucho de nada. ¿Huertano o animal de asfalto? Hoy ya todo se entremezcla. El album de fotos de mis recuerdos infantiles lo guardo, como diría el poeta, en un rincón del alma. Por eso me váis a disculpar que no pueda documentarlos gráficamente. Me sacaron pocas fotos de crío. Creo que solían aducir que era harto difícil sacarme todo el perolo y las orejas en el mismo plano.

Es curioso. Si nado a contracorriente intentando rescatar los felices momentos de mi infancia, mi memoria me lleva a un mes de septiembre cuando, vestido de domingo, con idéntica vestimenta que mi hermano mayor (por entonces el único), aguardábamos que mi padre nos llevara por la tarde a la feria, esa que siempre he conocido en el recinto de la "fica", al final de la avenida primero de mayo, la de "La Casera", y que hoy queda pegado al Auditorio y Centro de Congresos Victor Villegas. Como disfrutábamos todavía de ese tiempo veraniego, entremezclado con alguna "chaparrá", tan característicos de nuestra feria de septiembre y del veranillo del membrillo, andábamos recorriendo en bici las sendas que discurrían parejas a la acequia del tío Trinitario. Por entonces aún llevaba agua, y al no haberse hecho aún la "monda" de la "regaera" (además de para riego se usaba comunalmente como alcantarillado en ausencia del mismo, por la que cada vecino debía pagar una cuantía para su limpieza periódica), también estaba bien repletica de cieno, como tuve ocasión de comprobar con mi ropica de fiesta, al perder el control de mi primera BH (parece algo innato en mí esto de caerme de la bici). Tal vez fuera esta una premonición, que entonces no entendí, de que acabaría siendo triatleta (bici, natación y carrera a pie intentando escapar del ámbito de acción de la zapatilla armada de mi padre).

Reitero que resulta curioso. Tendemos a recordar los momentos felices. Y en cambio, aquel paseo ilusionado de domingo feriado, terminó en la bañera, "calentico" (y no por el calor ambiental precisamente, como ya he dejado manifiesto) y privado de feria, de coches de choque y de los reconfortantes escobazos de la malvada bruja que aterrorizaba a los zagales y zagalas que montaba en su tren (por cierto, he de reseñar que no recuerdo haberle podido quitar nunca su escobilla, ¿será por esta especie de trauma infantil por lo que me cuesta tanto hacer uso de la otra escobilla del baño?).

Los siguientes rebusques me llevan a los albores de mi expendiente escolar. Creo que fui un párvulo ejemplar. De hecho, como yo salía hora y media antes, por las dificultades que le suponía a mi madre acercarse dos veces a la escuela para recogernos a mi hermano y a mí, y por el peligro de tener que ir pegados a la gran azarbe que llevaba el agua hacia Monteagudo (tiempo después la taparon y así ha llegado a nuestros días, porque sigue estando donde mismo), don Ignacio (Dios lo tenga en su gloria, porque se la merecía toda), el más ínsigne profesor del colegio público de Belén, sito junto a la clínica de idéntico nombre, me acogía gustoso en la clase de mi hermano y me ponía como ejemplo, porque les debía pegar tres o cuatro patadas, en conocimiento -se entiende-, a los más torpecicos de segundo de la egebé.

De esta época escolar guardo recuerdos imborrables: el kiosco de la Emilia donde mi madre me racionaba la compra de alguna nubecica dulce, gominola o bolsa de gusanitos (no como ahora, que parece el alimento básico de los criaturos), los sobres sorpresa de "anca" Paco, el hombre de la "rogalicia" que se pasaba de vez en cuando por la puerta del colegio, los saltos a la reja (nada que ver con las tradiciones del Rocío) en la hora del recreo para ir a jugar al vecino bancal de membrilleros, los amigos de clase, que fuimos trepando uno a uno todos los peldaños de la enseñanza básica, hasta el octavo de antes, hoy convertido en un amariconado segundo de la eso, el marro, el churro-mediamanga-mangotero, las bolas, el guá y otra serie de juegos, bastante más asilvestrados que los de ahora, en demasía tecnológicos e idiotizantes.

Puestos a recordar, ¿cómo no acordarse de la aventura que suponía ir al centro de Murcia? Cuando en la tradicional asignatura de trabajos manuales (por entonces llamada eufemísticamente "pretecnología" para que pareciera algo más) comenzamos a pintar al óleo (todo gracias al empeño de don Ignacio, que tenía una mano que ya la hubiera querido Picasso en su época más comercial cuando se dedicó a pintar gilipolleces), debíamos ir a la única tienda en toda Murcia que vendía los lienzos y las pinturas. Estaba justo al final de Trapería, una vez pasado el casino. Para nosotros eran como expediciones al Himalaya o a la Selva de Tanzania. Los edificios de más de dos alturas del centro, con todos aquellos timbres juntos que era inevitable ponerse a tocar (¡hijoputa el niño!), se nos antojaba otro mundo, acostumbrados a retozar por los bancales, y a jugar al fútbol poniendo dos palos en el primer descampado que hubiera, aún a riesgo de romperse la tibia y el peroné por las irregularidades de la tierra.

Y si llegar más allá de la Redonda era como salir al extranjero, ¿qué decir de cruzar el río? He vuelto a tener la misma sensación hace poco cuando viajamos a Budapest. Es libre lo de reirse o no por la osadía de comparar el Segura y el Danubio, o Murcia y la capital de Hungría, pero insisto en que, para mí, lo mismo que Buda y Pest eran dos ciudades que se unieron con el tiempo, la Murcia-Murcia de la orilla izquierda del río, y el Carmen, al otro lado, eran también dos ciudades totalmente distintas (y he de decir que así las he considerado hasta no hace tanto tiempo). Igualmente el actual "gueto" de San Andrés y San Antolín (lo siento Paco, pero así lo veían mis infatiles cuatro ojos) eran otra especie de tierra santa. Yo creo que el respeto me venía porque ir a San Andrés significaba ir al ambulatorio, y eso marca tanto o más que el hierro a la res.

Ahora que lo pienso, son bastantes los "expedientes" que guarda mi archivo de vivencias y emociones. Creía yo que por haber vivido siempre en un radio de no más de doscientos metros (y eso que ya he pasado por cuatro casas), sería mi vida como una aburrida y previsible pelicula. Bueno, vale que tampoco da para escribir un libro, pero ¿a que si me pongo a darle a la tecla metiéndole algo de relleno retórico parece la cosa de más prestancia?

Pues nada, dejo a elección de vuestras libres entendederas el debate de si preferís que os siga ilustrando con mi visión de la Murcia de antes comparada con la de ahora o si me dedico a seguir dándole con la vara a cualquier temilla por ahí que vaya surgiendo.

viernes, 21 de septiembre de 2007

BUJERICOS

Líbreme la corte celestial de querubines y serafines de meterme a censador de orificios, que cada cual es muy libre de practicarse tantos agujeros como le vengan en gana a lo largo y ancho de su corpórea anatomía. Por mí como si se apuntan a clases avanzadas de faquir. Pero lo mismo es ésta una de las causas por las que la adolescencia moderna se ve un poco como desinflada, en plan paso palabra, que te cagas, tía-tía-supertía.

Eso sí, hay que echarle imaginación, y mucha, para tener ocurrencias taladradoras tales. Creo que no habrá centímetro cuadrado de tez que se libre del “piersin”, esa modalidad tan de moda, que no deja de ser, por otro lado, una mera diversificación del tradicional negocio del tatuaje, hoy llamado “tatú”, que suena como más in. Hasta el último rincón o prominencia, que cuanto más recóndito sea, más valorado estará en esa especie de escala de Ritcher de la juventud.

De los que se llevan por toda la geta (me refiero a los dispersos por el careto), he de destacar la original ocurrencia de un julai, escurrido cual raspa de anchoa, con el que me topé este verano, feis to feis que se diría. El menda, digo yo que para evitarse la compra de pendientes labiales, aros borregueros o cualquier otro artilugio plateado colgante con el ornarse los morros, llevaba un descomunal imperdible, como los que usaba su abuela de usted mismamente para abrocharse la bata de güatiné. Ni que decir tiene que casi se me vacía la vejiga.

Una vez controlada la desbocada risa floja que me dio pude observar sosegadamente que, el susodicho, a pesar de su apariencia tribal, demostraba estar en un escalón más avanzado de la evolución. A mí, al menos, no me pasó desapercibido ese detalle, pues, en caso de necesidad, podría destinar tan estrafalario pincho atravesándole uno de sus carrillos al loable fin de colgar notas escritas en papelitos, como perfecto complemento a la memoria ram de su cerebro.

Estuve en un tris de sugerirle que, para perfeccionar el invento -uno también mueve habitualmente la sustancia gris-pensante del perolo-, podría ponerse otro insertándolo en la ceja, pues así podría ponerse directamente ante el ojo, a modo de chuleta, el papelito pinchado. Un poco más atrevido, sin duda, sería que, para evitar situaciones embarazosas, en los otros piersines “labiales” ellas dejaran recordatorio escrito de no olvidar hacer uso de la funda protectora en caso de apretón.

Que se vayan preparando los fabricantes de “posites”. Este ingenio les puede llevar a la ruina. Y si no, al tiempo.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

DESDE RUSIA CON AMOR

Si. Es el título de una de las películas de la saga del agente 007, el de la licencia para matar. Y ojo, que no hablamos de Bush y su olfato para detectar armas de destrucción masiva, que ese individuo es tonto y da más miedo que la duquesa de Alba sin peinar. Pero como yo de cine más bien sé poquito (si acaso sé como se descargan las pelis con la mula y poco más), lo único que pretendo es narrar una bonita historia sobre los rusos y el amor.Lo mismo ya estás al tanto, si eres de los que, como yo, aún piensa que los telediarios te mantienen informado, cuando la realidad es que los herederos del antiguo "parte" se han convertido en un Salsa Rosa oficializado, con un chorrito de España Directo y unas gotas de esa especie de Gran Hermano del Barsa y el Madrid que es ahora la información deportiva -para saber qué jugador se ha despeinado más con el viento de la tarde o a cuántos niñatos tuercebotas se ha tirado en la última semana la tal Nuria Bermúdez-.

Volviendo al tema internacional que nos ocupa, la cosa es bien sencilla: partiendo de la premisa universalmente aceptada de que el mundo está muy mal repartido (dolencia esta que nos empeñamos sistemáticamente en agravar), en China sobra gente y siguen abogando por la política del hijo único mientras que en Rusia empiezan a faltar patriotas, a las autoridades rusas les ha dado por ponerse románticas, y facilitar la procreación, sin necesidad de enarbolar banderas o entonar cánticos nacionalistas. La consigna es clara; supongo que en ruso será más difícil de entender y sonará de otra forma, lo mismo hasta más discreta, pero dejándonos de eufemismos y cursilerías la traducción es bien clarita, y de fácil comprensión:"todo el mundo a follar".

En nueves meses se espera una avalancha de pequeños Vladimires, y una invasión de Katerinas tal, que van a necesitar la tira de maternidades para tanto parto. Como a todas les dé por imitar a la Isimbayeva con su pértiga, van a faltar palos (palos, con "p")....

A ver si van tomando nota nuestros patrios regidores, ¿o acaso hará falta nombrar ministra de Natalidad a Isabel Gemio para que nos dé la tabarra con la cantinela de aquel éxito televisivo al son de "lo que necesitas es amor"?

Lo dicho: menos dotaciones pecuniarias para traer a este mundo mano de obra para el futuro (porque para eso les encargamos a los japos dos palés grandes de robots de esos que hacen de todo sin protestar, sin pedir la paga ni recargas de móvil, y que no necesitan agujerearse el cuerpo para ir a la moda, y listo papeles), ¡y a pedirle ya la receta a don Putin!.

Seguro que nos lo pasamos mejor. Y en el rato que le dediquemos a tan cordiales encuentros, a oscuras y con la nocturnidad que suele caracterizar estos eventos, también contribuiremos al ahorro energético que está tan de moda. Si además de darnos un día libre para la referida práctica coital nos subvencionan su buena cenita (preferiblemente con marisquito, que lo pone bien tiesito... perdón por la rima fácil, pero es que la literatura tiene estos momentos que también hay que aprovechar), después del ansiado triunfo, se nos pondrá una carita de felicidad que, a buen seguro, nos secuestrará el sentido y la voluntad incrementándose la productividad al mismo ritmo que lo hacen las jodidas hipotecas.

lunes, 3 de septiembre de 2007

ME CAGO EN EL YODURO DE PLATA

El Yoduro de plata (AgI) es un compuesto químico usado en fotografía y como antiséptico en medicina. Es altamente insoluble en agua (¡coño, como el colacao!) y tiene una estructura cristalina parecida a la del hielo, permitiendo inducir la nucleación de cristales de hielo en el sembrado de nubes para provocar lluvia artificial.

Podría seguir copiando, como hacía en los exámenes de música de 1º de BUP en el Alfonso X, aprovechando que doña Manuela –que así se llamaba la peculiar docente que guiaba los designios de la tan desprestigiada asignatura, maría de entre todas las marías académicas-, era un poco despistada. Lo era o se lo hacía, por no corrernos a todos a pescozones mientras sacábamos el chuletario, dada la afabilidad y dulce carácter de la susodicha.

Porque, como iba diciendo, he de reconocer que casi todo el primer párrafo anterior lo he tomado prestado (gracias a la ayuda de las nuevas tecnologías, internet y el copia-pega de windows, fundamentalmente), de la Wikipedia, invento enciclopédico solidario donde los haya, de esta especie de submundo-matrix que ha invadido nuestras vidas, de igual forma que aquellas vainas popularizadas por el aterrador e inquietante filme:“La invasión de los ladrones de cuerpos. A mi, según recuerdo y vuelvo a reconocer, me sobrecogió casi más que la fatal cogida que llevó al hoyo al mítico Paquirri (decir “acojonó” es menos políticamente correcto pero mucho más aclarador).

Regresando a lo del yoduro y la escatológica expresión del título, que casi nada tiene que ver con vainas robadoras de almas -¿o tal vez sí?-, decía que, por poder, podría seguir trasvasando capazos de información técnica referida al susodicho compuesto de marras, pero nada más lejos de mi propósito, pues no pretendo eyacular una especie de ensayo científico con informaciones rescatadas de la red, cual adolescente preparando a última hora el trabajo que le fuera encargado en clase con dos semanas de antelación. Además, resulta que nada se dice en el popular evangelio enciclopédico virtual del otro uso al que se encomienda más comúnmente la ínclita mezcla de yodo y plata, a partes iguales. Paradoja de las paradojas, según denuncian asociaciones de agricultores de distintas partes de nuestra geografía araria, al parecer o basados en lógicos temores y terribles experiencias por la continua ausencia de precipitaciones y, por ende, de producción que vender para atender el propósito económico de su trabajo diario, resulta que si se distribuye con tino este componente en las nubes que amenazan con soltar su húmeda carga, se consigue la emigración de las lluvias a otros lugares.

Las avionetas antigranizo son para los agricultores algo así como el mítico jinete “slipijolou”, quien, según la leyenda y la adaptación cinematográfica, cabalgaba a lomos de su fantasmagórico jaco desprovisto de cabeza (mira, esto no parece ciencia ficción tal es el espectacular número de descerebrados que empuñan un kalasnikov, alimentando odios rancios y cebando a los gusanos de cementerio), aterrorizando a vivos con cola y lagartijas de rabo blanco. En Galicia harían uso del tópico de las meigas para asegurar que haberlas haylas, pero yo, como que no me atrevía a darle certeza a una habladuría, igual de extendida que huérfana de certificación empírica, pensaba que eran imaginaciones de la desesperada ansia irrigatoria de los modestos currantes del abandonado sector primario.

¿Qué me ha hecho cambiar de opinión? Pues, mire usted –que diría cualquier resabiado aspirante a poltrona-: resulta que en China, además de “lollitos de plimavela” y legiones de hombres con ojos rasgados vestidos con una bata blanca y un cinto de color dando patadas, también tienen gente que piensa. Y como no quieren tener las Olimpiadas del próximo 2008 pasadas por agua, que eso no le mola ni al turista de parné ni al sibarita jugador de pádel (¡ah!, ¿pero no son lo mismo?), están haciendo ensayos para prohibirle a las nubes el derecho de reunión. Con esto, pretenden desviar la chaparrada “olímpica” sin tener en cuenta que pudiera terminar cayéndole al vecino. Que cada palo aguante su vela, y si se ven con el agua al cuello, pues que se hubieran apuntado a clases de natación, que para algo está reconocida como disciplina competitiva en la casa de los aros olímpicos.

jueves, 23 de agosto de 2007

Lo que tienen los anzuelos y los telediarios.

Es normal. Si a mi se me clavara un anzuelo de ocho centímetros en el estómago por comerme a mordiscos el cebo vivo de un arte de pesca, también rabiaría de dolor y me acordaría de todos los ancestros del capitán Pescanova. Es lo que tienen los anzuelos. Pero me estaría bien empleado, por ansioso.

Estaría justificado que me sacaran en la tele como atracción de feria presentándome de la siguiente o similar guisa: ¡pasen y vean al único hombre que traga anzuelos de ocho centímetros como si fueran lacasitos!... y hasta comprendería que, al día siguiente todo lo más, los bodrio-programas del corazón anunciaran a bombo y platillo que contaban en el plató con una trucha de río que había tenido relaciones prematrimoniales con la anchoa que fue empleada de cebo, cuando ambos eran un ingenuos alevines. Sería normal, empero, que más de un humano y sensible corazón se emocionara con la romántica historia, y que Isabel Gemio volviera a la caja tonta para presentar el reencuentro especial entre la trucha y el cuñado de la anchoa que murió pinchada y luego devorada.

Pero lo que no es normal, es que siendo el protagonista un pequeño escualo (bicho marino, de la familia del mítico y aterrador especimen, arrancador de extremidades humanas, que hiciera popular Spielberg hace unas decadas), los medios de comunicación lo hayan convertido en una estrella televisiva post mortem, porque resulta que el referido tiburón las ha palmado, como era de esperar si tenemos en cuenta que, en el reino de Neptuno, no tienen ni Cruz Roja del Mar, ni quirófanos ni cirujanos.

¿Es ese el nuevo estilo que debemos esperar de los mal llamados informativos? ¡Pues pijo, que diría Clavijo! ¡que los "telediarios", herederos de los antiguos "partes", se han convertido en vulgares magazines de entretenimiento donde tienen cabida las más insospechadas historias. Una especie de España Directo, pero con apariencia de seriedad.

¿Cómo esperan ser creíbles si mezclan todo tipo de desnaturalizadas pseudo noticias con informaciones de trágicas inundaciones monzónicas, seismos en Sudamérica, tsunamis en el Pacífico o muertos en las carreteras y en la devastada Irak? ¿o es que tenemos que acostumbrarnos a verlo todo tan normal como el llover hacia abajo?

Pues si, el tiburón se murió. Pena, penita, pena. También dos seres humanos que yacían en la noticia siguiente bajo una sábana tumbados en el cruel asfalto. Y para los informativos parecen lo mismo. ¿También para nosotros? ¡Yo me niego!

Si la noticia hubiera sido el asombro que causa que aún subsistan ejemplares marinos como éste, a pesar del empeño contaminador que le estamos poniendo, pues todavía... Pero en lo sucesivo, prometo zapear o pasar la página de cualquier diario cuando narren intrascendencias como éstas. De hecho ya lo vengo haciendo desde tiempos inmemoriales cuando hablan de que a Raúl se le ha roto la uña gorda del pie o que a Beckam le ha salido un sarpullido al enterarse de que su picante y pija mujer va a volver a ponerse ante un micrófono con sus otras amigüitas (iba a decir "cantar" pero me ha dado como vergüenza ajena).

Un poco de decencia y decoro informativos, por favor. Vamos a dejarnos las tonterías para que las diga Belén Esteban. Porque estudiar una carrera de 5 años para terminar yendo a una playa a narrar la captura-salvamento del ejemplar acuático de marras, debe ser un poco frustrante, por no decir vergonzoso.

sábado, 18 de agosto de 2007

1710

Podrían ser los dígitos de un año, en los albores del siglo xviii, pero no lo son. Podrían ser los euros que cuesta cada metro cuadrado construido en cualquiera de los florecientes “resorts” que están invadiendo nuestra geografía, cual si de plaga de mejillón cebra se tratara, pero no lo son... La realidad, como casi siempre, termina superando por goleada a la ficción: 1710 es la cifra acumulada de personas fallecidas en las carreteras españolas desde el pasado 1 de enero, según informaba machaconamente la DGT el pasado 15 de agosto en cada uno de los rótulos luminosos de autovías y autopistas por las que transitamos en nuestro retorno vacacional.

Una barbaridad. Se mire por donde se mire, que cada año pierdan la vida sobre el vil asfalto de nuestro país varios miles de seres humanos, destrozando otros tantos miles de familias, es una auténtica barbaridad tirando a burrada. Estoy convencido de que ni al guionista de la sangrienta saga de la matanza de Texas, en la más calenturienta de sus noches de inspiración, se le hubiera ocurrido jamás un argumento más terrorífico.

Y por mucho empeño que le pongan pariendo imaginativas e impactantes campañas publicitarias, no hay forma de acabar con esta tétrica sangría. Seguimos pisando el acelerador y las rayas continuas como si tal cosa, y cargando de líquidos altamente inflamables no sólo los depósitos de nuestros vehículos sino también los de nuestra anatomía, que seguimos creyendo inmortal.

Tampoco surte ningún efecto la amenaza de hipotecarnos hasta los tuétanos nuestro virginal saldo de puntos, ¿será porque pensamos que podremos recuperarlos en las urgencias de cualquier hospital cuando nos restañen esas buenas brechas que nos haríamos en caso de colisión por no llevar puesto el cinturón?

Por si no fuera poco el repertorio de tropelías que están a disposición de cualquier incívico e insolidario conductor, las nuevas tecnologías nos infligen un castigo mayor con móviles y navegadores-gepeeses entre otras inagotables fuentes de distracción. Ya se sabe que contra el pecado de pedir (que no se use el móvil conduciendo) está la virtud de no dar (no haciendo ni puñetero caso, que para eso somos libres y soberanos, ¡faltaría más!).

El contador sigue subiendo. Ya debe haber llegado al siglo xix. El hambriento ogro que es la carretera se sigue cobrando cada día su diezmo mortal. No hay forma de parar ese ritual de sacrificio humano. Ante esta hecatombe me parece inmoral que la autoridad competente haya calificado recientemente como “inaceptable” este chorreo de sangre que no cesa cuando supera un determinado número. Señores míos, siempre será inaceptable cualquier pérdida humana, porque no son números sino personas quienes fallecen.

Hay que ser muy descerebrado para no darse cuenta de que es estúpido jugarse la vida propia y la de los semejantes al volante. Como decía Gila con su característico humor satírico al referirse a una tía suya que se murió de una tontería, porque empezó estirándose un padrón y terminó pelándose entera, morir en la carretera, entre un amasijo de hierros, es también una forma ridícula de emigrar al otro barrio. Confío en que, allende la vida terrenal, no haya autopistas con curvas, ni motores turbo, ni gilipollas de cortas entendederas. Que aquí sobra de todo ello, oiga.

lunes, 9 de julio de 2007

TRIATLETAS MURCIANOS Y DE HIERRO

(publicado en La Opinión 9 de julio 2007)

Estanis y Paco, mis queridos amigos.

Recuerdo que, el pasado mes de septiembre, al enterarme de la aventura en la que os habiáis embarcado, lo primero que pensé es que me vacilabais. Vamos, que os quedabais conmigo y con gran parte de mi vello craneal. O eso o que vuestras sustancias grises eran carne de psiquiátrico. Pero no tardé nada en darme cuenta de que la cosa iba en serio: ¿o acaso ibais a saber vosotros más que el bueno de Alfonso, ese gran entrenador de triatlón y descubridor de talentos ocultos como el vuestro? Con lo obedientes, aplicados y buenos cumplidores que habéis sido siempre, si había que ir a Alemania a doctorarse en triatlón y no sólo a beber cerveza, se iba, que años ha fueron nuestros padres a buscarse la vida por las Germanías, y aquí estamos nosotros para contarlo.

Durante aquella comida en la que asistíamos boquiabiertos a todo lo que contaban los ilustres veteranos de nuestro equipo, y en la que tanto aprendimos, fue cuando Txema, el primer loco del clan, nos reveló que había decidido prepararse a conciencia para disputar un IronMan. A pesar de que faltaban nueve meses para el evento, a celebrar en Roth (Alemania), no albergaba duda alguna: en junio volvería de Alemania convertido en un Hombre de Hierro, que ese es el galardón que se otorga a los aventados que consiguen finalizar tan dura prueba. Hacerlo en más o menos tiempo sería lo de menos.

Al día de la fecha, sigo sin poder creérmelo. No sé si será como el sueño de una noche de verano, porque, a pesar de haber estado al tanto de la dedicación plena a este vuestro sueño desde el inicio, y haberos prestado todo el apoyo moral e incondicional del que soy capaz (confío en que os haya servido de ayuda), me siguen pareciendo una locura los duros y exigentes entrenamientos de cada día que os han obligado prácticamente a sacrificar vuestra vida diaria y la de los vuestros, con tiradas de natación, que os estaban convirtiendo en hombres-pez, al tiempo que os desteñíais por el cloro de la piscina, con salidas en bici por encima de los 200 kms. todos los fines de semana, que os han convertido en auténticos GPS de las carreteras de nuestra región y las no menos despreciables tiradas a pie, para poder culminar la hazaña recorriendo la distancia mítica del maratón.

Porque un Ironman no es una simple competición: es una proeza, es una forma de demostrarle al mundo que cualquier cosa que un ser humano se proponga se puede conseguir echándole lo que hay que echarle. Y vosotros de humanidad y buen rollo váis sobrados. Y de lo que hay que echarle, también.

Ahora, con el reto superado por ese tridente magnífico de Ciclos Carrillo, no podemos más que volver a descubrirnos ante vuestra hazaña, la de tres murcianos tan ilustres como el que más, que han tenido que pagar un suplemento de equipaje en el avión de vuelta porque habéis venido envueltos en una gruesa capa férrica. Creo que el aeroplano tuvo problemas para despegar.

Estanislao Uría Cemeño, Francisco José Urban Marín y Txema García Moreno: ¡enhorabuena! Porque hacer de una tirada 3800 mts nadando, 180 kms en bici y rematar la faena con los 42 kms de la maratón no está al alcance de cualquiera. Y el sufrimiento triunfal de esas 12 horas continuadas, son una gesta imborrable para el deporte murciano, y se merecen, como poco este humilde homenaje escrito. El otro homenaje nos lo hemos de dar sentados en torno a una mesa y brindando en todo lo alto con una cerveza bien “fresquica”, esa que tanto tiempo hemos tenido pendiente.

¡Por vosotros, campeones!
JOSE CARLOS PEREZ LOPEZ
Club triatlón CICLOS CARRILLO